Adiós, piscina

En realidad, lo más chulo es que no sales resudá
y oliendo a choto. Pero esto también valdría.


He llegado a la semana 34 de mi embarazo. Llevo nadando ya algunos años. Comencé en el típico curso municipal y, tras comprobar que no me llenaba, que quería más, me apunté a un club de natación para masters (una categoría donde puede competir cualquier persona mayor de 20 años, sea un tiburón de las aguas o un alga marina del fondo del mar, lo ideal para la gente que no queremos dedicar media vida a competir, que solo nos gusta mantener la forma, desconectar y pasar un buen rato).

Al quedarme embarazada, no pensaba dejar de nadar aunque sabía que tenía que bajar de nivel, obviamente. Así que como comenté anteriormente, decidí nadar suave y centrarme en la técnica (que ha mejorado considerablemente, el embarazo me ha venido muy bien para eso). Lo complementé con yoga, y creo que hacen un tándem perfecto.
Pero, por recomendación de mi Tocóloga, debo dejarlo ya. El tapón mucoso se debilita, y el riesgo de infecciones en una piscina es mayor. Así que nadé mis últimos 1500 metros en, al menos, tres meses, supongo.
Seguiré con el yoga hasta cuando pueda, que me viene estupendo. La gente que se asusta cuando me siento en el suelo, nos debería ver a las tres gordas que somos en yoga en ciertas posturas. Creo que me viene estupendamente, y cada vez lo voy entendiendo mejor.
Total, que calculando, si a los aproximadamente 9 meses que dura el embarazo (en teoría), le quitamos los 3 primeros, donde la actividad física recomendada es casi nula, y los dos últimos, tenemos que el bañador de premamá se usa unos 5 meses. Justo ahora que lo empezaba a lucir como debe ser, tengo que dejarlo. Menos mal que nos salva el culo el Decathlon con precios decentes.
Dejaré de ver a mis amigas, las “posidonias”, que apenas se movían, pero te daban la seguridad de poder adelantarlas sin llevarte ningún golpe. O a “p… torcida”, que cuando nadaba de espalda, colocaba la cabeza en la corchera, y los pies casi en el otro lado de la calle, con lo cual adelantarla era una aventura. O al “chavalín”, que no debía tener más de 14 años, e iba con su hermana mayor, que aunque sin mucha técnica, no paraba el tío. O a “Jack Sparrow”, un monitor con un tatuaje en un gemelo, que metía caña al curso de niños que tenía. O a “Billy el Niño”, otro monitor con cara de angelote y ricitos de oro, que una vez me lanzó una horda de niños sin misericordia; cuando le dije que podría haber avisado de que iban a utilizar la calle para el curso, que tenía miedo porque me golpearan, tomo nota y en los días sucesivos esperaba a que yo llegara al final de la calle para advertirme.
En fin, ¡entramos en la recta final!

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